En los filisteos, las formas inferiores de la vida, están enteramente compuestas de voluntad sin conocimiento; por lo tanto, el genio no es otra cosa que la objetividad más completa, la tendencia objetiva del espíritu; el gran hombre para el pensar schopenhaueriano está siempre en la más alta forma del conocimiento liberado de voluntad. El hombre superior es el estado anímico más elevado, es el poder de abandonar nuestros propios intereses, nuestros deseos y nuestros fines; de renunciar completamente, durante cierto tiempo, a nuestra propia personalidad. Para tornarnos puro sujeto conocedor, con clara visión del mundo.
Las facciones de estos hombres se pierden en su propia serenidad; la expresión del genio en un rostro consiste en que en sus rasgos se hace visible una decidida predominación del conocimiento sobre la voluntad, no del intelecto; por lo cual, el secreto del genio consiste en la clara e imparcial percepción de lo objetivo, de lo esencial y de lo universal. El genio no ve lo que está cerca, eso es de filisteos; así, resulta imprudente y extravagante entre los mortales. He aquí del porqué del carácter insociable del verdadero genio, del hado, del hierofante; el piensa siempre en lo fundamental, lo universal, lo eterno; mientras que los filisteos están pensando en lo temporal, lo específico, lo inmediato.
En las masas residen los filisteos, y la religión no es otra cosa que la metafísica de las masas en el pensamiento eudemonológico schopenhaueriano; la controversia tan insistente en nuestros días entre los sobrenaturalsitas y los racionalistas, procede de la falta de reconocer la naturaleza alegórica de toda religión, por lo cual entendemos al cristianismo como una profunda filosofía del pesimismo. La doctrina del pecado original (afirmación de la voluntad) y de la salvación (negación de la voluntad) es la gran verdad, el supuesto necesario, que constituye la esencia del cristianismo.
La suprema sabiduría aquí, reduce a uno mismo al mínimo del deseo y de la voluntad; solo aquí entendemos, de forma difuminada, entregados y dejándonos dormir junto al mundo, que la voluntad del mundo es más fuerte que nosotros. Solo así, cuanto menos excitemos la voluntad de la naturaleza, menos sufriremos.
En la antigua tradición al sagrado animal, al unicornio, se lo llamaba Anasses Duses, es decir, el que está más allá de las leyes, más allá del supuesto necesario, el que no está obligado por las coherencias que gobiernan a los hombres mortales. Así como el unicornio, el hombre superior debe ir más allá del bien y del mal. Señala el códice, que el hombre se cree libremente un hombre; dirá ser un filósofo, un estudiante, un obrero, un antropólogo o un príncipe según su sitio. Pero ningún ciervo se detuvo nunca y pensó ?yo soy un ciervo?; tampoco el unicornio, tampoco el hombre superior. Porque su mente libre no forja pensamientos en esos moldes inertes del hábito y las circunstancias, se extiende más allá de las fronteras y latitudes de los filisteos. Donde solo las hadas y los seres feéricos señalan, y se dejan ver. Por lo cual, debo decir aquí, junto a Manuel Mujica Lainez: ?Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean, ronronean, como insectos impalpables, por los caminos de la tierra estúpida. Yo soy una de ellas?.
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